Una de las características más importantes de la naturaleza de los hombres es nuestra libertad. Pero para el resto de seres con quienes compartimos este espacio no sucede así, ya que ellos se encuentran destinados o “programados” biológicamente para realizar ciertas acciones en el transcurso de su vida. En cambio, nosotros tenemos la posibilidad de elegir qué hacer con ella, hecho que entraña una de nuestras más grandes tareas: la de encontrar nuestra esencia y destino, para lo cual debemos de responder a la siguiente cuestión: ¿Cómo debo de conducirme en la vida?
En la construcción de la respuesta individual a la anterior pregunta, no estamos solos. También hay otras personas que se encuentran en nuestra misma situación, es decir, tratan de darle algún sentido a su vida. Y esto las ha llevado a reflexionar sobre el tema y proponer algunas soluciones, a partir del establecimiento de conceptos como la moral y la ética. Por ejemplo, la moral tiene como principal misión establecer normas de comportamiento que ayuden a regular nuestra conducta para con los demás, de acuerdo a determinados modelos que se construyen por medio de un criterio: la división entre el bien y el mal.
Para todas las sociedades, el bien se caracteriza por el cumplimiento de las normas que se nos imponen en la comunidad donde habitamos. Y el mal, por lo sobrenatural, lo extraño, por los “otros”, el miedo, el placer y por la apariencia de las personas, características que tienen que ver con nuestro conflicto entre la realidad y la ficción.
Sin embargo, conforme tenemos la posibilidad de conocer cosas más allá de los límites que nos impone la sociedad en la cual vivimos, caemos en la cuenta de que esa división entre el bien y el mal en la que nos hicieron creer es muy relativa. Y que ésta sólo es una construcción histórica, que depende de las experiencias de cada colectividad, el momento histórico que vive y principalmente de las relaciones de poder que se establezcan dentro de ella. Esto nos hace regresar de nueva cuenta a la pregunta formulada desde un principio.
Y es entonces cuando debemos de entrar el terreno de la ética, la cual depende de nuestras propias convicciones, sentimientos y reflexiones. Es decir, es también un acto de libertad.
A mi parecer, al menos así lo supongo, la respuesta a esta gran pregunta se encuentra en la conducción de nuestros actos a partir de un equilibrio armónico entre el cuerpo y el alma, que se puede dar a partir de la combinación de la razón, el sentimiento y el valor. Aunque considero que este equilibrio es un muy difícil de conseguir, pues todo dependerá de las circunstancias; por ello, es forzoso el predominio ya sea de la razón o del sentimiento.
Considero que la propuesta de Kant, la de la libertad moral, también es otra solución, a mi parecer la que más se puede aplicar, para la conducción de los actos que realizamos en nuestra vida. Pues, siempre se debe de hacer uso de nuestra conciencia para medir la pertinencia de nuestras acciones ya sea a nivel personas o colectivo, dependiendo de la situación en la que nos encontremos.
La propuesta de Kant pudiera resultar un poco paradójica, pues habla de la libertad que cada uno posee para establecer las actitudes que adoptara en determinada circunstancia y, a su vez, dice que ésta se estipula a partir de nuestra conciencia, la cual se construye con nuestra cultura. Pero hay que tener presente que esta cultura se forma con las ideas, prejuicios, costumbres, valores y creencias que aprendemos de las personas con quienes convivimos y con las reglas de la sociedad a las cuales nos adaptamos. Es por ello, que la propuesta de Kant resulta ser una libertad moral limitada.
Sin embargo, no creo nuestra conducta ética pueda de ser del todo independiente a cualquier circunstancia o prejuicio. Necesitamos tener límites para no caer en el libertinaje, que responde más a los instintos y a la búsqueda del placer que a la formación de una vida tranquila y duradera.
No se puede llevar una vida basada completamente en el placer porque más parece que responde a un instinto o pulsación, y siempre incluye un pensamiento individualista, es muy desgastante. Hay que recordar que los excesos no son nunca buenos. Por ejemplo, Jayson Blair, ex reportero del periódico estadounidense The New York Times cometió una serie de fraudes informativos, al manipular la información que se le encomendaba buscar. Blair sabía muy bien las posibles consecuencias de sus acciones, sin embargo, siguió escribiendo mentiras en ese diario, pues lo que quería era ganar prestigio y admiración por parte de jefes e, imagino, sus lectores.
Al final, sus excesos, es decir, las mentiras y el tiempo que logro contarlas, terminaron con su prestigio como periodista, pues descubrieron su fraude.
Las acciones de Jayson Blair no trajeron, al parecer, consecuencias graves para otras personas, es decir, para sus lectores, pues en ellos sólo causaron risa y algunas molestias. Sin embargo, su credibilidad y honestidad quedaron severamente dañadas, y tal vez sus días como periodista llegaron a su fin, murió como periodista.
Es por ello, que antes de dejarnos llevar por nuestras pulsaciones o instintos es necesario hacer conciencia de las consecuencias que nuestras decisiones van a traernos a nosotros y a los demás.
La ética en el trabajo periodístico
Los medios de comunicación tienen cierto grado de influencia en el pensamiento de las personas, ya que se encargan de reconstruir la realidad a partir de las imágenes que seleccionan y del tipo de contexto en el que las dan a conocer, es decir, la información.
Por ello, la ética que tenga cada periodista es importante, pues de ella va a depender el manejo de las noticias y la forma en cómo las busque.
Las reflexiones de Kant se pueden aplicar en el ejercicio del trabajo periodístico, pues el reportero debe de estar consciente de los mensajes que transmite a su público consumidor de noticias. Antes de redactar una notas, reportaje o entrevista debe de pensar en las posibles consecuencias que tendrá la información que dará a conocer.
Estas reflexiones de materializan en el sentido de responsabilidad de cada reportero. En la forma cómo se hacer carga de una información, la cubre y la comunica.
Los periodistas no pueden ser objetivos. Es mentira que pueden encontrar la verdad de las cosas, pues necesitarían dejar de ser personas para transmitir la información sin prejuicios. Lo único que podemos aspirar los reporteros, y no lo digo en un sentido pesimista, es ha tratar de ser lo más honestos posible en el manejo de la información con nuestros lectores, radioescuchas o telespectadores. De ello, depende no sólo nuestra credibilidad, sino también la construcción de sentido de nuestra vida.
